76. La marcha de los imbéciles
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76. La marcha de los imbéciles
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Escrito por Miquel Barceló   
Lunes 01 de Agosto de 2011

Hace ahora tres años, Nicholas Carr sorprendía con un artículo inesperado: "Is Google Making Us Stupid?" (¿Nos hace estúpidos Google?). Apareció en julio de 2008 en la revista The Atlantic Monthly. La tesis principal venía a decir que la manera cómo encontramos información en la red viene a configurar nuestra propia manera de pensar. Y no precisamente en positivo según la opinión del autor.

En palabras del mismo Carr: "Como el teórico de las comunicaciones Marshall McLuhan ya señaló en la década de 1960, los medios de comunicación no son sólo canales pasivos de información. Proporcionan la materia del pensamiento, pero también dan forma a ese proceso de pensamiento. Y lo que la Red parece estar logrando es hacer astillas mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente espera ahora tener la información en la forma en que la Red la distribuye: como una rápida corriente de partículas en movimiento. Tiempos atrás, yo era un submarinista que navegaba en el seno del mar de las palabras. Ahora me deslizo a lo largo de la superficie como en una moto acuática".

En ese artículo, Carr se mostraba al mismo tiempo como un devoto de la Red y cantaba también alabanzas a lo que ésta nos proporciona, pero alertaba de esa posible tendencia a la banalización y a la superficialidad que iría en contra de la capacidad de concentración y del análisis profundo.

La idea de que el exceso de la información y la facilidad del acceso a ella puede ser contraria a la verdadera comprensión ya es vieja, pero el planteamiento de Carr, acogiéndose al principio de autoridad citando a Marshall McLuhan, recoge una nueva variante tal vez más insidiosa y preocupante.

Nicholas Carr se dio a conocer con un libro bastante provocativo (como, en realidad, suelen ser la mayoría de sus escritos). Se trata de "Does IT Matter? Information Technology and the Corrosion of Competitive Advantage" (2004 - Las tecnologías de la información: ¿son realmente una ventaja competitiva?, editado en España por Ediciones Urano [Empresa Activa], 2005). Claramente dirigido a los ejecutivos de empresa, el libro arrancaba de un anterior artículo en la Harvard Business Review (IT Doesn't Matter, mayo 2003) y se convirtió en un texto de gran influencia en algunas escuelas de negocio estadounidenses para tratar del tema de las tecnologías de la información.

Posteriormente, a mediados de 2008, aparecieron el artículo "Is Google Making Us Stupid?" de The Atlantic Monthly ya citado y un nuevo libro: The Big Switch: Rewiring the World, from Edison to Google (2008 - El gran interruptor: el mundo en red, de Edison a Google, editado en España por Ediciones Deusto, 2009) que Newsweek puso como cuarto en la lista de los "50 libros para leer ahora (en el año 2009)".

Su último libro es: The Shallows: What Internet is Doing to Our Brains (2010 - Los bajíos: Lo que Internet le está haciendo a nuestros cerebros). Y conviene recordar que un "bajío" no es más que, en los mares y ríos navegables, esa elevación del fondo que impide que floten las embarcaciones y sigan navegando. La tesis, evidentemente, arranca del artículo de The Atlantic Monthly, un texto "primigenio" que puede encontrarse en:

http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2008/07/is-google-making-us-stupid/6868/

Evidentemente, las arriesgadas y provocativas ideas de Carr han tenido, como siempre ocurre, detractores y seguidores. Pero Carr usaba en su artículo otros ejemplos además del suyo propio. Por ejemplo el de Bruce Friedman, escritor de un conocido blog sobre la informática en la medicina, quien decía poco antes del artículo de Carr: "Ahora casi he perdido la habilidad de leer y absorber un largo artículo ya sea en la web o impreso". Y reconocía, en conversación telefónica con Carr, "Ya no puedo leer Guerra y Paz. He perdido la habilidad para hacerlo. Incluso una comunicación en un blog que tenga más de tres o cuatro párrafos es demasiado para absorberlo. Lo leo por encima". A mí me parece exagerado pero tal vez sugiera el principio de una tendencia.

"Surfeamos" superficialmente en lugar de profundizar...

Por desgracia, mucho más recientemente, en la edición de julio de 2011 de la revista Science (la que publica mensualmente la AAAS: American Association for the Advancement of Science), John Bohannon ha publicado un artículo sobre unos estudios psicológicos también curiosos: "Searching for the Google Effect on People's Memory" (Science, 15 july 2011: vol 333, no. 6040, 277, es decir: "A la búsqueda del efecto Google en la memoria de la gente"). Se trata de un estudio psicológico basado en diversos experimentos y no es, como en el caso de Carr, un conjunto de opiniones.

En el artículo, John Bohannon expone el resultado de esos experimentos donde se analiza el impacto de Internet sobre la manera como manejamos la información. Una de las curiosas conclusiones que se obtienen ese artículo es que estamos usando cada vez más Internet como un gran banco de datos, casi como nuestra propia memoria personal. Lo llaman "efecto Google", y viene a decir que tendemos ya a recordar mejor los procedimientos para acceder a la información que la información en sí misma. Los investigadores resultaron sumamente sorprendidos no tanto por la creciente dependencia de la información online sino por como parece que hemos antepuesto la habilidad para encontrar esa información a la información en sí misma.

No sabemos las cosas, sabemos dónde encontrarlas...

Será que necesito ya vacaciones (escribo a finales de julio) pero me siento rodeado por un cúmulo de banalidades a las que, tal vez, el efecto Google no sea ajeno.

Por ejemplo, el 16 de julio me encontré en el periódico con la noticia de que Umberto Eco ha decidido reescribir la novela que le dio fama, "El nombre de la rosa" (1980) para hacerla más accesible a los nuevos lectores. ¿Realmente hace falta?

¡Pardiez! ¿Tan bajo hemos caído? ¿Ha de ser todo tan banal?

¿Tendrán realmente la culpa de todo esto Internet, Google o Twitter?

Es como para echarse a temblar. ¿Nos estamos convirtiendo en imbéciles?

Pero la ciencia ficción ya lo había previsto...

La ciencia ficción, mucho menos escapista de lo que imaginan algunos, nos alerta sobre diversos problemas de nuestro futuro más o menos inmediato. Eso puede lograrse, por ejemplo, con la exageración (llevar a sus extremos un rasgo peligroso para mostrar sus consecuencias más negativas) y así lo han hecho algunos clásicos indiscutibles del género. La ciencia ficción nos ha advertido ya de diversos peligros como los del mal uso de la ingeniería genética ("Un mundo feliz" de Aldous Huxley, en 1932); del totalitarismo político ("1984" de George Orwell, en 1948); de los problemas del capitalismo ("Mercaderes del espacio" de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, en 1953); de los agobios del exceso de población ("Todos sobre Zanzibar" de John Brunner, en 1968); y un largo etcétera que no voy a detallar aquí.

Hace ya años, en 1982, en mi fanzine KANDAMA (en el número 6 precisamente), traduje un debate entre Larry Niven e Isaac Asimov sobre la conveniencia o no del control responsable de la población. Había aparecido en enero de 1981 en el Isaac Asimov Science Fiction Magazine, y enfrentaba a un ferviente partidario del control responsable de la población (Asimov) ante un no menos ferviente partidario del ultra-liberalismo más profundo que se negaba a tal control (Niven).

Niven, de quien suelo disentir, utilizó en sus argumentaciones la referencia a un mítico relato corto de Cyril M. Kornbluth, la sátira "La marcha de los imbéciles" (1951), que se suele presentar como una clara muestra de una visión pesimista ante el futuro, no por ello menos teñida de cinismo y de crítica a la sociedad contemporánea y sus posibilidades de desarrollo.

En el cuento de Kornbluth, un personaje medio del siglo XX se despierta, tras un largo período de hibernación, en un futuro más o menos lejano. Allí resulta ser la persona más capaz e inteligente del planeta ante la mediocridad y la evidente estupidez de todos los que le rodean: el cociente intelectual medio de la población ha descendido a 45 (en lugar del 100 actual, cifra que procede de su propia definición).

La tesis que Niven extrae de esta sátira es que el control de la población puede generar una disminución selectiva de la inteligencia media de la humanidad: los menos sensibles e inteligentes se siguen reproduciendo al mismo nivel que antes; mientras que los más sensibles e inteligentes, conscientes del problema de exceso de población que nos amenaza, reducen su natalidad, haciendo que, en media, la humanidad pierda capacidad e inteligencia. Eso siempre si, como se supone, la inteligencia tiene algo de hereditario.

La respuesta de un preocupado Asimov era que ese tipo de comportamiento dual tiene poco que ver con un efectivo y responsable control de la población que, evidentemente, ha de afectar a todos, lo que mantendría la media de las capacidades humanas.

Pero, debo decir que, ideológicamente afín a esta postura de Asimov sobre el control de la población, a veces tengo mis dudas. Me las provoca a menudo la moderna televisión con su tendencia a mínimos intelectuales para conseguir audiencia y, sobre todo, la industria cinematográfica estadounidense por la manera como los grandes estudios enfocan la mayoría de las grandes películas de ciencia ficción de los últimos tiempos. Es como si los productores de televisión y los de Hollywood creyeran que la "marcha de los imbéciles" ya se ha producido y afecta seriamente a su público, y ello se refleja en bastantes de sus producciones.

Además de los comentarios de Carr ("surfeamos" en lugar de profundizar) o el intento mercadotécnico de Umberto Eco "diluyendo" no sé qué de "El nombre de la rosa" para "hacerla más accesible", hay otro caso emblemático en el cine: la última versión de "El planeta de los simios" (2001) de Tim Burton. En realidad, esa versión no resiste la más mínima comparación con su antecesora de 1968 dirigida por Franklin J Schaffner. Aun como sencilla película de aventuras, la versión de 1968, tenía su moraleja e, incluso, su pequeña divulgación científica sobre los efectos relativistas (un brillante hallazgo final de los guionistas Rod Serling y Michael Wilson, ya que esa visión derruida de la estatua de la libertad no está en la novela original del francés Pierre Boulle).

La "moderna" versión de Tim Burton se acogía, sin ninguna duda, al criterio mayoritario de los grandes estudios que fabrican cine a la altura intelectual de un adolescente estadounidense, un nivel que, según parece, ellos mismos no juzgan excesivamente alto. En una entrevista promocional, el productor David Zanuck contaba claramente que el público de cine actual "no está interesado por el nivel filosófico (sic!!) de la primera versión", lo que según él, justificaba el bajo nivel de ideas de la nueva versión.

En definitiva, cierta televisión, algunas películas, el proyecto "populista" de Eco y el discurso de Carr sobre Google e Internet me hacen pensar que tal vez Kornbluth acertó incluso más que Huxley u Orwell en sus pesimistas predicciones.

Aunque siempre queda la esperanza. Ojalá sea mejor la "precuela" de la serie del planeta de los simios: El origen del planeta de los simios, que se estrena el 29 de julio (después de escribir este texto...) y que, por lo tanto, no he podido ver todavía. Parece que se trata de un experimento para curar la enfermedad de Alzheimer y que desarrolla la inteligencia de los chimpancés.

Aunque ese es un tema ya famoso en la ciencia ficción, el de como el ser humano podría mejorar las capacidades intelectuales de algunos animales como los chimpancés o los delfines. Ese es el tema central de la famosa serie de la "elevación de los pupilos" de David Brin (a quien se le ocurrió que tal vez podríamos tratar mejor a simios y delfines que lo que solemos hacer en estos tiempos con los más jóvenes de nuestra propia especie...). Tal vez les hable de todo ello en septiembre, incluso tras haber visto esa nueva película que quiere seguir usando la referencia a "planeta de los simios" para hacer negocio.

Pero no me hagan demasiado caso. Me siento un tanto pesimista ante esa posible "marcha de los imbéciles". Debo de estar cansado y necesito vacaciones...

Buenas vacaciones a todos.

 

Para leer:

- ¿Google nos hace estúpidos? Nicholas Carr. Madrid. Taurus Ediciones. 2011.
- El nombre de la rosa. Umberto Eco. Barcelona. Lumen. 1982.
- La marcha de los imbéciles (The Marching Morons, 1951). Cyril M. Kornbluth. Revista Nueva Dimensión número 110. Barcelona. Dronte. 1979.

 

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